Complejos
Una historia sobre autopercepción
Comentaba el otro día, en mi entrada sobre la playa, que pensaba que había tenido una fuerte influencia en mi autopercepción. En no tener tantos complejos o, al menos, a aceptarme mejor a mí mismo.
Al poco de escribirlo me sentí un tanto como un impostor. Si bien es cierto que tengo cierta naturalidad con mi cuerpo, también lo es que, probablemente, no haya habido momento de mi vida en que me vea peor que este último año.
Exceptuando, probablemente, la niñez. En la niñez, sin embargo la situación era diferente porque comencé sintiéndome el patito feo. Luego, con los años y, especialmente, con mi salida del armario, pasé a aceptarme tal como era.
Ayudó ser un twink y, también, cierto carisma natural que compensaba un físico nada espectacular. En cualquier caso, me acostumbré a mí mismo y me sentía relativamente cómodo en mi piel.

Últimamente, sin embargo, cada vez que me veo en fotos me cuesta reconocerme. Es, sobre todo mi rostro. Supongo que me hago mayor, que he vuelto a engordar y que, de pronto, empiezo a parecer otra persona.
A la vez, voy publicando esas fotos, muchas de ellas aquí, y voy repitiéndome que tengo que dejar de ser ridículo. Soy quién soy y tengo la cara (y el físico) que tengo, así que mejor volver a la situación anterior.
No estoy especialmente más gordo que antes de la pandemia, sí, quizá más viejo y verme mal es una ridiculez que no tiene ningún sentido. En el fondo, soy consciente que es una cuestión de autopercepción y, por tanto, es un trabajo que tengo que acometer en algún momento.
Pero me está costando. También me está llevando a reflexionar sobre los complejos que, agazapados, me han ido acompañando a lo largo de mi vida.
Tanto que he decidido hablar sobre ellos esperando que sea algo así como terapéutico.
La palidez
Mi piel blanca ha sido el primer complejo que desarrollé. Consecuencia de crecer en el Cádiz de los 90, en los que achicharrarse la piel era el mayor síntoma posible de belleza.
Si le hubieras preguntado al Pablo de los cinco a los trece años que cambiaría de sí mismo te habría pedido ser moreno. Ser blanco era, sin duda, el blanco -oh- más básico de cualquier intento de insulto hacia mi persona.
“La playa es gratis” es, probablemente, la crítica más común que he recibido a lo largo de mi vida.
Me daba mucho coraje porque iba mucho a la playa y, además, la mitad de mi familia era morena. Mi padre y dos de mis hermanos eran morenos, de pelo liso más oscuro y ojos marrones y mi madre, yo y mi hermano pequeño salimos con la piel clara, pelo rizado y ojos claros.
Con los años me terminé dando cuenta que, desde una perspectiva colonial, había salido ganando. Mi palidez y mis ojos claros son síntoma de belleza en el estándar mundial, pero en aquel tiempo no me lo parecía.
De hecho, no entendía cosas como que Blancanieves, con lo blanca que era pudiera ser considerada guapa y lo mismo pensaba de algunas actrices famosas.
Durante un tiempo, mis referentes estéticos eran los de mi cultura local, donde ni ser blanco ni ser excesivamente delgado eran síntoma de belleza. Lo de heroine chic nunca llegó a mi barrio, supongo que porque seguían quedando heroinómanos.
Las verrugas

Tengo una verruga en la barbilla que también me ha dado complejo. Con los años, debido a cortes en el afeitado surgieron algunas más.
La de la barbilla la terminé aceptando ya que no me imagino como sería mi cara sin ella. Mi amigo Lumen me dijo una vez que era glamour, como la de Sarah Jessica Parker. Yo siempre pensé más bien en mi abuela Joaquina, que tenía la misma verruga en el mismo lugar.
Durante un tiempo tuve una verruga junto al (un par de centimetros a la izquierda) pezón derecho. Me resultaba especialmente embarazosa porque podía confundirse con el pezón si llevaba una camiseta pegada. Me pasó un par de veces con algún chico que intentó estimular la verruga pensando que era mi pezón.
Tenía alguna más en la espalda y en el lateral. Durante 2013 decidí quemarlas con una solución de vinagre que me iba poniendo. Funcionó con la del pezón y con una de mi lateral que era bastante grande (eran como tres una encima de otra).
También me quemó la piel y me hacía oler a ensalada, pero la piel se recuperó. La verruga de la barbilla se redujo a la mitad.
Sin embargo, tengo entre dos o tres pequeñillas en el cuello que no pude atacar. De vez en cuando, en la peluquería me las hacen sangrar.
Antes de 2013, probablemente fuese (más o menos) mi mayor complejo.
Mucha gente, incluyendo los peluqueros, me decían que pidiera al médico de cabecera que me los quitaran. Pedirlo me daba algo de ansiedad, aunque lo hice varias veces en Andalucía y Madrid y siempre recibí la misma respuesta: no eran malignas así que no.
En lo privado es bastante caro, así que, de momento, me acompañan. Podría volver a hacer lo del vinagre pero es bastante aparatoso y me da pereza.
Me he comprado alguna solución farmacéutica más rápida pero no ha funcionado. No me preocupa muchísimo pero me encantaría despertar un día y que hubiesen desaparecido.
La sonrisa

El trauma de la sonrisa fue el heredero de la palidez y el que más me ha acompañado. Fue, además, un precio a pagar por la libertad. Cuando ya me tocaba, por fin, ponerme el aparato me fui de casa, así que me quedé sin dinero para hacerle frente.
Más tarde, en 2019, una vez que ya había terminado la terapia (primero la salud mental y luego la estética) y que volvía a tener algo de dinero traté de ponerme ortodoncia invisible.
No pude. Resulta que era necesario quitarme las muelas del juicio que las tengo completamente de lado. ¿El problema? El nervio pasa justo por en medio y no es posible quitarlas sin dejarme la boca insensibilizada y destruir el nervio.
El maxilofacial, por tanto, me recomienda que mantenga mis muelas del juicio tanto tiempo como sea posible, porque es prácticamente imposible sacarlas sin destruir el nervio.
El trauma de la sonrisa ha sido una constante en mi vida. Se puede ver en las fotos. Es muy muy muy muy raro verme en alguna foto sonriendo.
Curiosamente, el mayor problema lo tengo en la parte inferior de la boca, no en la superior, que es donde tengo los dientes torcidos. Resulta que, aunque no se aprecie a simple vista, mi mandíbula inferior está ligeramente echada hacha adelante y eso puede generar una infinitud de problemas en el futuro.
Hablar de mis complejos

Debido a mi educación, me cuesta hablar de cualquier cosa que pueda ser vista como una debilidad. De ahí que no mencione mis complejos habitualmente.
Tengo muy interiorizado el no mostrarme vulnerable y intentar evitar hacer el ridículo (cualquier error podía suponer un castigo). En cierta forma, porque soy un señor de 36 años, hablar de estos temas, que entiendo poco relevantes y que no deberían ocupar mis pensamientos, me hace sentir que estoy haciendo el ridículo publicamente.
Además, ha dado la casualidad que cuando lo he hecho, no he tenido muy buenas reacciones. No quiero dar munición gratuita a mis enemigos.
(Por otro lado, también pienso que compartirlo públicamente es una manera de desactivar la amenaza).
La primera vez que le conté a alguien que mis dientes torcidos me generaban inseguridad, esa persona se enfadó conmigo posteriormente y le fue diciendo a todos mis amigos y conocidos: ¿pero has visto su boca? ¡Es horrible!
Yo tenía 15 años y aprendí la lección.
Cada vez que alguien dice que lo que más le gusta de una persona es “su sonrisa”, siempre aparece el pensamiento intrusivo de tú le darías asco. Siempre me ha parecido curioso que se suele decir lo de la sonrisa como una manera de subrayar que no eres superficial, como si tener los dientes torcidos no fuera tan natural como tener una complexión más ancha, por ejemplo.
Mucho más tarde, a los 22-23, hablé de este tema con otro amigo. En este caso era una persona en la que pensaba que podía confiar. Había sido mi ciberamigo con 15 años, al salir de armario, luego nos perdimos la pista y nos encontramos a los 21-22.
Yo no lo recordaba, pero él si se acordaba de mí. Nos encontramos primero por internet, luego se vino a vivir a Sevilla. Le acogí un par de días mientras buscaba piso, le presenté a mis amigos, se hizo imprescindible también para ellos y, junto a las otras dos personas con las que más me juntaba en aquel 2013, decidió hacerme ghosting de un día para otro, todavía a la espera de que alguien me explique la razón.
(Sí sé la razón que dieron a amistades en común, que era simplemente una excusa, decían que desde que estaba con Fon no quería saber nada de nadie, pero yo no paraba (durante un tiempo, que al final tengo dignidad) de escribirles y al principio me decían que no iban a hacer nada y luego salían sin mí, luego me bloquearon.)
La cuestión es que le hablé de este tema, no recuerdo el contexto, y me hice una foto con la cam para ejemplificarle mi trauma. Me respondió: “no te hagas esto”.
Quizá lo malinterpreté, pero en ese momento me resultó bastante humillante.
En cualquier caso, a veces he pensado que mi trauma de la sonrisa y el miedo al rechazo ha sido el causante, por ejemplo, que nunca haya quedado con nadie directamente para follar.
He podido follar con alguien que he conocido ese día, pero me daba terror quedar con alguien directamente para eso, que me viera sonreír y se echase para atrás.
Es verdad que siempre he necesitado un poco de vínculo antes de hacerlo, pero nunca he terminado de tener claro si era la causa o la consecuencia.
Como no podía ponerme aparato, en 2022 publiqué una entrada en Instagram con un carrusel sonriendo y hablando un poco de mi trauma. Supongo que es un poco lo que intento hacer con esta entrada. Si no puedes con el enemigo, únete a él.
La cara
Esto me lleva al momento actual. De pronto no me veo bien en las fotos. Da igual que no sonría, que ya no me resulte problemática mi palidez, siento que mi cara no me representa.
Y, repito, que no es que antes me considerase el más guapo de los hombres, pero sí que me veía yo. Y ahora no me termino de reconocer.
¿Será verdad eso que cuando dejas de tener problemas de verdad te los inventas?
Tampoco diría que es un problema, pero me da coraje. Siempre me ha gustado hacerme fotos, aunque sea sin sonreír, y siempre me he visto relativamente bien en la mayoría y ahora no hay foto en la que me vea minímamente atractivo.
Y no sé muy bien cómo cambiarlo. En algún momento, espero, como con esa entrada de 2022, pueda abrazar mi nuevo rostro.
Veremos.
De momento, aquí estoy, convirtiéndolo en palabras para tratar de exorcizar los complejos.
Madrid, 2 de febrero de 2026





